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LA RESTAURACIÓN DE LA CULTURA CRISTIANA

Senior, la señorita Prim y una lectura provocadora

Ojo con este libro del que les voy a hablar. Peligroso donde los haya. Puede causarles un trauma o puede cabrearles hasta extremos insospechados. O puede hacerles pensar…

Lo que tengo claro es que no les dejará indiferentes.

La editorial Homo Legens, en esta renovada y  provocadora etapa, nos ha traído el libro de John Senior “La restauración de la cultura cristiana”, hasta ahora solo disponible en lengua española en una ignota editorial argentina.

Ya sé que los bienpensantes van a comenzar a torcer el gesto y su primera salida, en falso, será la de criticar el término restauración que aparece en el título. Tranquilos, colegas. No nos precipitemos.

Es probable que del profesor Senior algunos lectores tuvieran alguna idea por la exitosa novela de Natalia Sanmartín Fenollera, “El despertar de la señorita Prim”, o porque hubieran oído hablar sobre el Programa Pearson de Humanidades Integradas (IH) de la Universidad de Kansas, y de los colegas Dennis Quinn y Franklyn Nelik. Por cierto, la citada novela de Natalia, leída ahora desde el libro de Senior, adquiere una nueva perspectiva.

Mi recomendación es que vayan a las fuentes mismas, y este libro de Senior lo es de agua fresca y arrolladora. Porque aplastantes son muchos de sus juicios y valoraciones sobre el actual estatus de la cultura occidental, no solo norteamericana.

Inquietantes son muchas de sus reflexiones, tan evidentes como ocultadas por esa espesa neblina que parece cubrir todo. Y apasionantes son sus argumentos en favor de lo divino y lo humano, de esa forma de vivir la fe que puede sonar arcádica, pero que está en el anhelo profundo de la experiencia primera del amor a Dios, a la Virgen Santísima y a la familia.

Son innumerables las páginas que he subrayado como propuesta y reto. Y más innumerables los silencios que provoca la lectura de esta experiencia, considerada por algunos una salida en falso de la situación actual de nuestro mundo, de nuestra cultura, incluso de nuestra Iglesia.

No negaré que hay afirmaciones que pueden sonar estrambóticas. Pero el fondo de verdad que contienen para conjugar el amor no debe desdeñarse. Y no digamos nada de la propuesta de forma de vida universitaria, escalofriante provocación…

“Que nazcan en el asombro” es el lema del Pearson Integrated Humanities Program. Estoy seguro de que estas páginas, harán que renazca el asombro en los lectores, “Nascantur in admiratione”.  Ese asombro invencible que es la esperanza de quien se atrevió a hacerlo… aunque sea en la Abadía de Nuestra Señora de Clear Creek.

(Artículo publicado por Jose Francisco Serrano en Religión Confidencial)

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HADJADJ

Los cuerpos del purgatorio

Artículo publicado en Religión en Libertad

Rezamos por las almas del purgatorio, pero ¿qué hacemos por sus cuerpos? Últimamente he vuelto a pensar en ello a causa de una película bellísima, Los combatientes, de Thomas Cailley, que concreta muchos temas de nuestro tiempo. Nada más comenzar, los dos hijos de un carpintero que acaba de morir se encuentran en la oficina de un empresario de pompas fúnebres. Se quejan de la calidad de sus ataúdes y denuncian su precio exorbitante. Deciden entonces volver al taller de su padre y ponerse al tajo: eligen la mejor madera, sierran, cepillan, pulen, ajustan y clavan las tablas de este féretro en el que han puesto toda su piedad manual. En vano. Porque la Agencia Nacional de Higiene se niega a concederles la “autorización”. Tendrán que comprar una de esas cajas industriales que, con arreglo al artículo R. 2213-25 del Código General de Colectividades Territoriales, posea sobre todo “un revestimiento interior fabricado con un material biodegradable y aprobado por el Ministerio de Sanidad”.

El artículo “Los cuerpos del purgatorio”, que reproducimos por gentileza de la editorial Homo Legens, es un capítulo del libro Últimas noticias del hombre (y de la mujer), de Fabrice Hadjadj.

Al final de su novela Ferragus, escribe Balzac: “Pocas personas saben de los debates de un dolor verdadero con la civilización, con la administración parisina […]. En una ciudad donde se paga por el número de lágrimas bordadas en los paños negros, donde las leyes admiten siete tipos de entierro o donde se vende a precio de plata la tierra de los muertos, donde se explota el duelo, por partida doble, donde las plegarias de la iglesia cuestan caro, es imposible que algo se salga de los límites que la administración ha impuesto al dolor”. Pero lo más duro es pensar que el cuerpo de la persona que hemos amado, que seguimos amando, de nuestro padre, nuestra mujer o nuestro hijo será manoseado por unos desconocidos con autorización, eso sí, y, por supuesto, con toda la destreza adquirida en la Escuela Nacional de Oficios Funerarios, que se merecen con mucho su salario para que conservemos las manos limpias.

Así es el avance de nuestra civilización: una mercantilización del rito más elemental —que deja al momento de ser un rito para ser una transacción comercial—, de modo que nos remontamos más allá de la piedad que poseía hasta el hombre prehistórico. Ya no sabemos amortajar a nuestros muertos. No les rendimos el homenaje de la última ternura. Hoy, las santas mujeres no se dirigirían a la tumba con los aromas. Tendrían que pagar a algún especialista autorizado por la administración romana. En esas condiciones, no es seguro que el Resucitado aceptara aparecerse…

En México, a finales de los años 1960, Ivan Illich queda conmocionado por la promulgación de una ley que obliga a las familias, a partir de ese momento, a pasar por las empresas de pompas fúnebres. Lo recordará más tarde en uno de sus libros: “El deber de lavar a los muertos fue elevado por la Iglesia a la dignidad de acto de misericordia. Ignacio de Loyola lo imponía a sus novicios antes de que pronunciaran sus votos para ser admitidos en la orden de los jesuitas”. No creo que la Compañía de Jesús haya conservado esa tradición. Desapareció como han desaparecido las cofradías, los ritos familiares y todas aquellas prácticas que nos hacían ser más lúcidos y estar más vivos, porque nos ponían en contacto con un muerto que pesaba como tal. Pero ya no se trata de volver a eso. El futuro está en el reciclaje científico llevado a cabo por los mejores expertos: aprovechar piezas, fabricar fertilizantes, conseguir energías renovables… La empresa americana B&L Cremation Systems propone recuperar el calor de las incineraciones: un solo cadáver humano permitiría que 1500 hogares pudieran ver un episodio de su serie favorita.

Del libro de Fabrice Hadjadj “Últimas noticias del hombre (y de la mujer)”

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HADJADJ

‘Últimas noticias del hombre (y de la mujer)’: Hadjadj en estado puro

“Por el momento, la gran mayoría de mis lectores aún pertenecen a la raza humana. No obstante, no está claro que eso vaya a seguir siendo así durante mucho tiempo.” Con esta afirmación comienza el nuevo libro del escritor y filósofo católico Fabrice Hadjadj, Últimas noticias del hombre (y de la mujer), que ha llegado a las librerías españolas de la mano de la editorial Homo Legens.

El Fabrice Hadjadj de siempre escribe un libro combativo como nunca. Últimas noticias del hombre (y de la mujer) recoge 90 breves artículos en los que, sin poder extenderse más de lo imprescindible, despliega todo su potencial. Como señala Enrique García-Máiquez en el prólogo del libro, este formato ofrece el mejor Hadjadj posible:

La pluma de Hadjadj es de velocista. Él es como esos atletas olímpicos capaces de correr y ganar en los 400 metros libres, en los 200 y en los 110 metros vallas, pero con las condiciones inmejorables para los 100 metros lisos, porque son explosivos y despliegan la máxima potencia en las distancias cortas. Un libro de artículos es una sucesión de pistoletazos de salida, líneas rectísimas y vertiginosas llegadas a la cinta de meta. El espacio preciso para alcanzar la máxima punta de velocidad. Este libro es un conjunto de apabullantes sprints de un velocista nato.

Un Hadjadj aún más espontáneo se enfrenta con la más rabiosa actualidad y arroja nueva luz sobre las realidades más cotidianas y también más humanas. En las páginas de este libro se abordan todo tipo de temas: desde la importancia del dedo gordo del pie o el arte de la alfombra hasta las hortalizas Toshiba, la espiritualidad en la era tecnológica o el misterio pascual en la evolución. El filósofo francés demuestra con este libro que no existen cosas sin interés, tan sólo personas incapaces de interesarse.

A pesar de la variedad de temas tratados, en el libro subyace una advertencia constante: el peligro del transhumanismo y la tendencia y la tentación de suprimir al ser humano tal y como lo conocemos. Por eso comienzo hoy esta crónica: para anunciar, oh lector, tu desaparición, para darte las últimas noticias del hombre”, advierte en las primeras páginas.

Hadjadj ve al hombre (y a la mujer) en grave peligro en un momento en el que el sentido ha sido reemplazado por el progreso. El hombre del futuro es el hombre desechable, “obligado a pagarse la última prótesis o a cambiar de cerebro electrónico para que no lo lleven al desguace demasiado pronto”.

En una sociedad en la que todo está sometido a la hegemonía de la innovación, Hadjadj escribe: “Aún no he aprendido a construir una casa ni a cultivar un huerto ni a pensar como san Agustín ni a cantar como Dante —¿para qué iba a matarme por un casco de realidad aumentada? No soy todavía lo bastante humano, ¿para qué iba a querer convertirme en un cíborg? Sería como abandonar mi puesto con la excusa de querer ir a vanguardia. Quien se queda maravillado por el nacimiento de un niño es poco sensible a la publicidad del último iPhone.

A pesar de su resistencia frente al progresismo -que procede, como él mismo señala, de querer acoger el mundo tal como se nos ha dado, incluso en su dramatismo- el autor quiere dejar claro que no se le puede tildar de enemigo de los objetos tecnológicos. No se trata de excluir, explica, sino de establecer una jerarquía: “que el iPod se subordine a la guitarra, que la tableta electrónica se ponga al servicio de la tabla de madera sobre la que comemos, porque la tableta y el iPod nos empujan a un consumo individual desencarnado, mientras que la guitarra y la mesa nos invitan a prácticas carnales y sociales.”

Últimas noticias del hombre (y de la mujer) es una de obras las más combativas de este intelectual católico que no duda en enfrentarse, con las armas de la inteligencia y el humor, a lo más tonto y triste de nuestro tiempo.

(Artículo publicado en el portal InfoVaticana)

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LA RESTAURACIÓN DE LA CULTURA CRISTIANA

El despertar del profesor John Senior

Natalia Sanmartin Fenollera es una novelista aparte. Ahora que hasta el último banquero, ama de casa, portero de discoteca, tertuliano o lo que sea guarda una novela en un cajón (y se empeña, encima, en que te la leas), ella en cambio no. Ella, Natalia, publicó su novela –El despertar de la señorita Prim– hace cinco años, y si no te encuentras entre los que la han leído ya, tienes bastantes probabilidades de hacerlo, tarde o temprano. Prim, como la llama su autora, se ha publicado en incontables países y traducido a un montón de idiomas. No importa el número, pues de precisarlo, nos veríamos obligados a actualizar la cifra cada cierto tiempo; cada cierto poco tiempo.

‘La restauración de la cultura cristiana’ prologada por Natalia Sanmartin Fenollera.

Por resumir: a Natalia Sanmartin Fenollera, en los círculos literarios, se la espera, pero no está. Es más, las pocas veces que se prodiga en público, evita lo que puede hablar de su libro (no es como el gacetillero aquel de leche agria, tan aburrido que solo escribía de sí mismo, ¿cómo se llamaba?…). Porque Natalia nunca soñó con ser novelista ni mucho menos con el éxito. Ella lo que quería era lanzar una serie de ideas, y como no se veía capaz de un ensayo -se mira a sí misma con ojos insuficientes-, decidió encarnarlas en una historia, con su presentación, su nudo y su desenlace; la historia de un pequeño pueblo cuyos habitantes están en guerra con la modernidad.

¿Que qué ideas son esas? Las mismas que, a lo largo de los siglos, han pasado de padres a hijos a través de los viejos romances, los cuentos de hadas, las sagas escandinavas, los folletines románticos, los polvorientos libros ilustrados o las parábolas del Evangelio. O lo que es lo mismo: los títulos y autores de los que habla Natalia en sus contadas intervenciones públicas, y con mucha más pasión que si tuviera que hacerlo de sí misma y su propio libro. Títulos y autores de sobra conocidos por todos, siquiera sea de oído, salvo quizás uno: John Senior.

La verdad existía y era posible encontrarla

Que Senior ocupe el escalafón más bajo del índice de popularidad cuyos primeros puestos los copan HomeroSan AgustínJane Austen, los InklingsChesterton et al., no significa que su influencia en El despertar de las señorita Prim haya sido menor. De hecho, El Hombre del Sillón, el protagonista de la novela de Sanmartin, se convierte al catolicismo tras asistir a un curso de Humanidades impartido en la Universidad de Kansas.

El detalle quizás pase desapercibido para los cientos de miles de lectores de Prim en todo el mundo, pero no así para el abad benedictino del monasterio de Nuestra Señora de la Anunciación, en Clear Creek, Oklahoma, quien no debió de dar crédito cuando leyó la novela. Porque él, como El Hombre del Sillón, también abrazó la fe católica tras cursar, allá por la década de los 70, un programa de Humanidades en la Universidad de Kansas, en concreto, el Programa Pearson, impartido por los profesores Dennis Quinn, Frank Nelick y -efectivamente, lo han adivinado- John Senior.

De izquierda a derecha, Frank Nelick, Denis Quinn y John Senior. | IHP Memorial Fund

El programa, en apariencia, no se diferenciaba de otros basados en la lectura y discusión de los grandes libros. Y, sin embargo, hasta 200 alumnos del Pearson solicitarían, al finalizarlo, su incorporación a la Iglesia de Roma, llegando algunos a tomar los hábitos. ¿Qué sucedía en las clases de Quinn, Nelick y Senior que no sucedía, sin embargo, en otras universidades, algunas nominalmente católicas? Quizás que en estas se había renunciado al hallazgo de la verdad, conformándose con su búsqueda, mientras que la enseñanza número uno del Programa Pearson era que la verdad existía y era posible encontrarla.

Un héroe de epopeya con los ropajes de un profesor

Ahora bien, que nadie piense que lo de Senior, Nelick y Quinn fue un camino de rosas. Tuvo, si eso, más de viaje a Ítaca, plagado de peligros, con mapas señalando dónde habitaban los dragones. Recuérdese que corría la década de los 70. Solo unos años atrás, los estudiantes de París buscaban la playa debajo de los adoquines (descalabrando con los mismos a cuantos antidisturbios se ponían a tiro) y en los campus de los Estados Unidos las chicas quemaban sujetadores y los chicos escuchaban música de Mick Jagger y hablaban mal de su país. Cualquiera pretendía que leyeran la Ilíada y, encima, la entendieran. Senior, desde luego, no.

Pronto se dio cuenta nuestro héroe de epopeya revestido con los humildes ropajes de un profesor de los de antaño, de que difícilmente un joven podría leer los grandes clásicos si de niño no había hecho lo propio con títulos como ‘El viento en los sauces’‘Oliver Twist’ o ‘Alicia en el País de las Maravillas’Cuál sería su sorpresa, la de Senior, cuando descubrió que tampoco los habían leído. Y peor todavía: que, ni siquiera tratándose de universitarios, eran capaces de entenderlos. Pero qué quería, si hacía años que la televisión se había enseñoreado de los hogares y en las escuelas a los niños les enseñaban seguridad vial y cómo prevenir enfermedades venéreas. Tocaba, por tanto, y valga la redundancia, comenzar por el comienzo.

Si la experiencia del hombre no se explica desenraizándola de los elementos -agua, tierra, aire y fuego-, muchos de esos pobres niños ricos de suburbios jamás habían vadeado un río, ni construido un castillo en la arena, ni volado una cometa ni encendido una fogata. Por eso, uno de los primeros puntos del Programa Pearson consistía en tumbarse al raso por la noche a contemplar las estrellas. Se trataba de experimentar, quizás por primera vez, la cosa esa del asombro, a lo que también ayudaba aprender a bailar el valls (o la polka), ejercitarse en la caligrafía o memorizar largos poemas. Y luego ya, si eso, la lectura y discusión de los grandes libros.

Y la universidad canceló el programa…

Queda por explicar la conversión al catolicismo de tantísimos estudiantes del Programa Pearson. Bueno, tampoco es ningún acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma. Al fin y al cabo, Quinn, Nelick y Senior eran católicos y, como tales, entendían la universidad como un lugar donde los jóvenes debían acercarse a Aquel del que habían sido alejados; un lugar donde aprender a tomar de lo bueno, lo bello y lo verdadero, como durante siglos hicieron los caballeros en Occidente. De hecho, el Programa Pearson, su planteamiento, contenido y alcance, no era nada original. Cuestión distinta es cómo reaccionó la Universidad de Kansas: mal, por supuesto.

Téngase en cuenta que hablamos de una universidad de titularidad pública en unos tiempos donde el sistema de enseñanza estadounidense había abierto expediente a Dios y donde la libertad de cátedra amparaba que el profesor hablase de religión en clase, siempre que no lo hiciese demasiado en serio. O sea, que el programa dejó de impartirse. Que una cosa era que los jóvenes de la época se quedasen colgados en algún viaje por el cielo con diamantes, allá en Woodstock, y otra muy distinta que se metieran a benedictinos.

Porque eso, tomar los hábitos, es lo que hicieron algunos alumnos del programa, en concreto, y por recomendación de Senior, en la abadía francesa de Fontgombault, donde todavía hoy se cuida con mimo el rito católico y el depósito de la fe, como si fuesen tesoros de esos que se desintegran en los dedos si no se les trata con el debido cuidado.

Un legado lleno de pupilos influidos por su fe en Dios

Otros alumnos se asentaron en Clear Creek, Oklahoma, con la idea de vivir, ellos y los suyos, una vida a escala humana, donde lo pequeño es hermoso, los hombres se emborrachan porque están contentos (y no para estar contentos) y son posibles, aún hoy, estampas familiares de padres e hijos cantando alrededor de un piano o leyendo un libro en voz alta al calor de la chimenea en invierno o al frescor del porche en verano. (Por cierto, años antes, se había fundado en Clear Creek un monasterio, el de Nuestra Señora de la Anunciación, de estricta observancia benedictina, y con numerosas vocaciones hoy.)

¿Y Senior? ¿Qué fue de John Senior? Senior murió en 1999, en Lecompton, Kansas. Dejaba viuda, huérfanos y, como queda relatado, montones de pupilos influidos por su fe en Dios y una dura filosofía de vida como la de los pioneros del Mayflower; pupilos de los que asistieron a sus clases, pero también de los que, sin haberle conocido, sí han leído cosas suyas y oído hablar -mucho y bien- de él.

Es este el caso de Natalia Sanmartin Fenollera, autora de El despertar de la señorita Prim y responsable número uno -ella y su determinada determinación- de la recién edición en España, a cargo de Bibliotheca Homo Legens, de ‘La restauración de la cultura cristiana’una suerte de testamento vital y espiritual de Senior. Se trata, por resumirlo mucho, de un comentario de 224 páginas a las hermosas palabras del profeta Elías, esas que dicen que Dios no está en el trueno, sino en el susurro de la brisa. O por decirlo a la manera de Senior: “Los grandes cambios de la historia se produjeron en la trastienda mientras el mundo y sus vanidades ocupaban el frente de la escena”.

(Artículo publicado en Milenio)

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