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Apariciones

Religión en Libertad publica el artículo «Apariciones» del libro Últimas noticias del hombre (y de la mujer), de Fabrice Hadjadj.

Cien años después de las apariciones de la Virgen en Fátima, el mundo ha vivido tales perturbaciones que el fenómeno de la aparición reviste un significado distinto. Desde 1917, con el desarrollo de la radio, de la televisión, del FaceTime y del holograma, nada es más corriente, al parecer, que “aparecer”. Lo que ha llegado a ser un acontecimiento raro, casi milagroso, es estar físicamente ahí, en una proximidad ordinaria.

He subrayado a menudo que esta inversión del descubrimiento era uno de los aspectos más placenteros de un mundo dominado por el progresismo: allí donde la innovación se convierte en banalidad destinada a la obsolescencia, lo antiguo se revela en su novedad. Caminar por un sendero campestre es una actividad inaudita para quien tiene la costumbre de desplazarse en una nave espacial. Toparse con un árbol o con una lombriz de tierra es un acontecimiento fantástico para quien se relaciona normalmente con robots.

Análogamente, aquel que frecuenta sobre todo imágenes de síntesis, avatares y proyecciones 2D o 3D, se queda completamente pasmado cuando alguien llama a su puerta después de haber subido por la escalera…

En resumen, a fuerza de conquistar Marte, acabaremos por descubrir la Tierra. La saturación de los artificios convierte lo natural en casi sobrenatural, hasta el punto de que lo maravilloso pudiera ser muy bien, no ver a la Virgen en rincón perdido de Portugal o del Bearne, sino tener al marido en casa, en la mesa, conversando con los niños y sin mirar a cada instante su teléfono móvil. No obstante, es probable que ambas cosas estén íntimamente relacionadas.

La aparición tecnológica intenta, sin duda, parecerse a la aparición mariana o a la ubicuidad divina. Se trata de poder estar presente en todas partes, como figura tutelar; lo cual implica necesariamente, en nuestra condición todavía bastante poco celestial, ausentarse del lugar donde uno está y olvidar a los que están, concretamente, muy cerca de nosotros. Además, en este caso, ya no hay prójimo y lejano, sino lo que Heidegger denomina “sin-distancia”: la estrella del espectáculo que aparece en la pantalla ya no está lejos, está en nuestro salón, sometida a nuestra mirada, pero, a pesar de ello, no está cerca de nosotros, a no ser en nuestra fantasía. Günther Anders insiste en el hecho de que, en el marco telemático, la cuestión de la presencia o de la ausencia no tiene objeto “porque la situación creada por la retransmisión se caracteriza por su ambigüedad ontológica: los acontecimientos retransmitidos son, al mismo tiempo, presentes y ausentes, al mismo tiempo, reales y aparentes, al mismo tiempo, están ahí y no están ahí”.

Ese es, especialmente, el caso del live, en el que lo “vivo” está reconstituido, en realidad, por lo electrónico, o del “directo”, donde la supuesta inmediatez pasa por una mediación extremadamente complicada pero oculta. Teniendo esto en cuenta, se hace bastante evidente que las apariciones promovidas por el aparato tecnológico-financiero son mucho más oscurantistas que las reconocidas por la Iglesia (solamente 17 de las más de 21000 inventariadas). Solamente hay oscurantismo allí donde el conocimiento es posible, pero se encuentra obstaculizado sistemáticamente. Ahora bien, esto es lo que ocurre con nuestros dispositivos. Son pequeñas cajitas que se presentan con el eslogan “unbox your life” en un anuncio publicitario en el que sus usuarios pasean por la naturaleza o por ciudades resplandecientes: nada sobre las minas de Kivu, sobre el carbón de los Apalaches, las fábricas de Senzen, los siniestros datacenters y las centrales nucleares que permiten el funcionamiento de estos objetos tan cool.

La aparición mariana es mucho más simple y límpida. No disimula ninguna explotación de beneficios para los gigantes de la industria digital. Su milagro no tiene nada que ver con ninguna mecánica vergonzosa o hipócrita. Lejos de poner en funcionamiento, como el holograma, todo el dispositivo tecnológico-financiero, la Santísima Virgen lo evita y lo desconcierta, de manera que su modo de manifestación puede ser considerado como modelo de cualquier alternativa.

Llega incluso a desbaratar la jerarquía romana, pues prefiere aparecerse a pastores en lugar de a cardenales. El balido de las ovejas le sienta mejor que el zumbido de los medios. De hecho, en tanto que la aparición tecnológica se jacta de la sofisticación y nos atrapa igual o más que la gran Telaraña virtual, la aparición mariana canta a la vida simple. Es la madre que se inclina sobre sus hijos. Que les dice que no se olviden de rezar. Que les muestra flores o un manantial. Esto es así porque, por muy sobrenatural que sea, este tipo de aparición tiene más relación con el marido que llega a la mesa familiar sin teléfono inteligente que con las últimas proezas de la videografía.

Ciertamente, la aparición mariana se caracteriza también por cierta “ambigüedad ontológica”: fugaz, no se sabe de dónde viene ni adónde va; su presencia no ofrece duda, pero no es la de las cosas cotidianas; y se sitúa siempre en la inminencia de una desaparición sin retorno. Pero no desemboca en la “sin-distancia” de la aparición tecnológica. Tiende, más bien, a restaurar el sentido de las distancias reales, no solamente porque está ordenada al amor al prójimo, sino también porque María, antes de desaparecer, pide generalmente que se le construya una iglesia en ese lugar. Su nombre se vincula a un lugar, que desde ese momento es bendito en su misma materialidad. Las mujeres de Canterbury lo recuerdan al final de Asesinato en la catedral, de T. S. Eliot: “En dondequiera que ha vivido un santo, en dondequiera que un mártir ha dado su sangre por la sangre de Cristo, / el suelo se convierte en sagrado, y la santidad jamás abandonará ese suelo. / Aun cuando lo pisoteen las botas de los ejércitos y lo visiten los turistas con su guía en la mano…” Así, por ejemplo, se dice de San Francisco de Asís o de Santa Teresa de Lisieux. Así se habla de Nuestra Señora de Guadalupe, de Lourdes o de Fátima…

Sobre ese suelo marcado, se desarrollará toda una economía, aun a riesgo del turismo espiritual y de las innobles tiendas de recuerdos, pero, a pesar de todo, se trata de una economía local, que manifiesta el carácter histórico e insustituible de un lugar. La aparición mariana opera, por lo tanto, al contrario que la aparición tecnológica: no es virtualización en la red planetaria, sino enraizamiento en una tierra, santificación de un espacio hacia el que la gente de todos sitios se dirige en peregrinación, muy físicamente.

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Los cuerpos del purgatorio

Artículo publicado en Religión en Libertad

Rezamos por las almas del purgatorio, pero ¿qué hacemos por sus cuerpos? Últimamente he vuelto a pensar en ello a causa de una película bellísima, Los combatientes, de Thomas Cailley, que concreta muchos temas de nuestro tiempo. Nada más comenzar, los dos hijos de un carpintero que acaba de morir se encuentran en la oficina de un empresario de pompas fúnebres. Se quejan de la calidad de sus ataúdes y denuncian su precio exorbitante. Deciden entonces volver al taller de su padre y ponerse al tajo: eligen la mejor madera, sierran, cepillan, pulen, ajustan y clavan las tablas de este féretro en el que han puesto toda su piedad manual. En vano. Porque la Agencia Nacional de Higiene se niega a concederles la “autorización”. Tendrán que comprar una de esas cajas industriales que, con arreglo al artículo R. 2213-25 del Código General de Colectividades Territoriales, posea sobre todo “un revestimiento interior fabricado con un material biodegradable y aprobado por el Ministerio de Sanidad”.

El artículo «Los cuerpos del purgatorio», que reproducimos por gentileza de la editorial Homo Legens, es un capítulo del libro Últimas noticias del hombre (y de la mujer), de Fabrice Hadjadj.

Al final de su novela Ferragus, escribe Balzac: “Pocas personas saben de los debates de un dolor verdadero con la civilización, con la administración parisina […]. En una ciudad donde se paga por el número de lágrimas bordadas en los paños negros, donde las leyes admiten siete tipos de entierro o donde se vende a precio de plata la tierra de los muertos, donde se explota el duelo, por partida doble, donde las plegarias de la iglesia cuestan caro, es imposible que algo se salga de los límites que la administración ha impuesto al dolor”. Pero lo más duro es pensar que el cuerpo de la persona que hemos amado, que seguimos amando, de nuestro padre, nuestra mujer o nuestro hijo será manoseado por unos desconocidos con autorización, eso sí, y, por supuesto, con toda la destreza adquirida en la Escuela Nacional de Oficios Funerarios, que se merecen con mucho su salario para que conservemos las manos limpias.

Así es el avance de nuestra civilización: una mercantilización del rito más elemental —que deja al momento de ser un rito para ser una transacción comercial—, de modo que nos remontamos más allá de la piedad que poseía hasta el hombre prehistórico. Ya no sabemos amortajar a nuestros muertos. No les rendimos el homenaje de la última ternura. Hoy, las santas mujeres no se dirigirían a la tumba con los aromas. Tendrían que pagar a algún especialista autorizado por la administración romana. En esas condiciones, no es seguro que el Resucitado aceptara aparecerse…

En México, a finales de los años 1960, Ivan Illich queda conmocionado por la promulgación de una ley que obliga a las familias, a partir de ese momento, a pasar por las empresas de pompas fúnebres. Lo recordará más tarde en uno de sus libros: “El deber de lavar a los muertos fue elevado por la Iglesia a la dignidad de acto de misericordia. Ignacio de Loyola lo imponía a sus novicios antes de que pronunciaran sus votos para ser admitidos en la orden de los jesuitas”. No creo que la Compañía de Jesús haya conservado esa tradición. Desapareció como han desaparecido las cofradías, los ritos familiares y todas aquellas prácticas que nos hacían ser más lúcidos y estar más vivos, porque nos ponían en contacto con un muerto que pesaba como tal. Pero ya no se trata de volver a eso. El futuro está en el reciclaje científico llevado a cabo por los mejores expertos: aprovechar piezas, fabricar fertilizantes, conseguir energías renovables… La empresa americana B&L Cremation Systems propone recuperar el calor de las incineraciones: un solo cadáver humano permitiría que 1500 hogares pudieran ver un episodio de su serie favorita.

Del libro de Fabrice Hadjadj «Últimas noticias del hombre (y de la mujer)»

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‘Últimas noticias del hombre (y de la mujer)’: Hadjadj en estado puro

“Por el momento, la gran mayoría de mis lectores aún pertenecen a la raza humana. No obstante, no está claro que eso vaya a seguir siendo así durante mucho tiempo.” Con esta afirmación comienza el nuevo libro del escritor y filósofo católico Fabrice Hadjadj, Últimas noticias del hombre (y de la mujer), que ha llegado a las librerías españolas de la mano de la editorial Homo Legens.

El Fabrice Hadjadj de siempre escribe un libro combativo como nunca. Últimas noticias del hombre (y de la mujer) recoge 90 breves artículos en los que, sin poder extenderse más de lo imprescindible, despliega todo su potencial. Como señala Enrique García-Máiquez en el prólogo del libro, este formato ofrece el mejor Hadjadj posible:

La pluma de Hadjadj es de velocista. Él es como esos atletas olímpicos capaces de correr y ganar en los 400 metros libres, en los 200 y en los 110 metros vallas, pero con las condiciones inmejorables para los 100 metros lisos, porque son explosivos y despliegan la máxima potencia en las distancias cortas. Un libro de artículos es una sucesión de pistoletazos de salida, líneas rectísimas y vertiginosas llegadas a la cinta de meta. El espacio preciso para alcanzar la máxima punta de velocidad. Este libro es un conjunto de apabullantes sprints de un velocista nato.

Un Hadjadj aún más espontáneo se enfrenta con la más rabiosa actualidad y arroja nueva luz sobre las realidades más cotidianas y también más humanas. En las páginas de este libro se abordan todo tipo de temas: desde la importancia del dedo gordo del pie o el arte de la alfombra hasta las hortalizas Toshiba, la espiritualidad en la era tecnológica o el misterio pascual en la evolución. El filósofo francés demuestra con este libro que no existen cosas sin interés, tan sólo personas incapaces de interesarse.

A pesar de la variedad de temas tratados, en el libro subyace una advertencia constante: el peligro del transhumanismo y la tendencia y la tentación de suprimir al ser humano tal y como lo conocemos. Por eso comienzo hoy esta crónica: para anunciar, oh lector, tu desaparición, para darte las últimas noticias del hombre”, advierte en las primeras páginas.

Hadjadj ve al hombre (y a la mujer) en grave peligro en un momento en el que el sentido ha sido reemplazado por el progreso. El hombre del futuro es el hombre desechable, “obligado a pagarse la última prótesis o a cambiar de cerebro electrónico para que no lo lleven al desguace demasiado pronto”.

En una sociedad en la que todo está sometido a la hegemonía de la innovación, Hadjadj escribe: “Aún no he aprendido a construir una casa ni a cultivar un huerto ni a pensar como san Agustín ni a cantar como Dante —¿para qué iba a matarme por un casco de realidad aumentada? No soy todavía lo bastante humano, ¿para qué iba a querer convertirme en un cíborg? Sería como abandonar mi puesto con la excusa de querer ir a vanguardia. Quien se queda maravillado por el nacimiento de un niño es poco sensible a la publicidad del último iPhone.

A pesar de su resistencia frente al progresismo -que procede, como él mismo señala, de querer acoger el mundo tal como se nos ha dado, incluso en su dramatismo- el autor quiere dejar claro que no se le puede tildar de enemigo de los objetos tecnológicos. No se trata de excluir, explica, sino de establecer una jerarquía: “que el iPod se subordine a la guitarra, que la tableta electrónica se ponga al servicio de la tabla de madera sobre la que comemos, porque la tableta y el iPod nos empujan a un consumo individual desencarnado, mientras que la guitarra y la mesa nos invitan a prácticas carnales y sociales.”

Últimas noticias del hombre (y de la mujer) es una de obras las más combativas de este intelectual católico que no duda en enfrentarse, con las armas de la inteligencia y el humor, a lo más tonto y triste de nuestro tiempo.

(Artículo publicado en el portal InfoVaticana)

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