Un corazón de padre

Padre amado, padre en la ternura, padre en la obediencia, padre en la acogida, padre de la valentía creativa, padre trabajador, padre en la sombra. Estas son las características de la paternidad de san José que el papa Francisco ha querido destacar en su carta Patris corde con la que ha proclamado el Año de San José. Pero estas son también las características de aquellos hombres que, siguiendo el ejemplo del santo de Nazaret, han sabido encarnar sus virtudes en el ámbito familiar y doméstico y, en particular, en su condición de padres al servicio del proyecto de Dios. Se trata de un testimonio precioso en una sociedad en la que «los niños a menudo parecen no tener padre» (Patris corde, n. 7). Entre ellos destaca la figura polifacética de santo Tomás Moro, que fue abogado, juez, diplomático, político, hombre de letras, filósofo, ensayista y poeta, pero sobre todo padre de una gran familia a la que quiso guiar por el camino de la santidad con esa “ternura paternal” y “valentía creativa” que el papa Francisco atribuye al padre terrenal de Jesús.

Conocido por ser el autor de Utopía y por la historia de su martirio, ordenado por el rey Enrique VIII, ante cuya prepotencia no quiso doblegarse para no desatender la llamada de su conciencia, Moro es quizá menos conocido por sus vicisitudes familiares, que lo hacen único en el panorama del Renacimiento cristiano. El testimonio de su familia impresionó al humanista flamenco Erasmo, quien, huésped en casa de Moro, quedó tan impresionado que habló a su amigo común Guillaume Budé de una «academia platónica construida sobre bases cristianas».

Tras estudiar Derecho y un intenso periodo de discernimiento vocacional en los monjes cartujos de Londres, donde se planteó entrar en la vida religiosa, Moro tuvo claro que Dios le llamaba a formar una familia.

Se casó con Jane Colt que, antes de su prematura muerte a los 23 años, le dio cuatro hijos: Margaret, Elizabeth, Cecily y John. Su segundo matrimonio fue con la viuda Alice Middleton, madre de Alice Alington, a la que Moro acogió como a una hija, al igual que acogió a Margaret Giggs, que fue adoptada desde muy joven y criada con sus hijos. Era, pues, un “padre en la acogida”, igualmente atento con sus hijos, los criados y los más pobres. Su gran casa estaba siempre abierta para acoger a cualquiera que necesitara alojamiento y calor humano. Hans Holbein el Joven inmortalizó para la posteridad a esta gran familia en un cuadro del que solo quedan los bocetos y las reproducciones; el original se perdió tras la muerte de Moro y la posterior confiscación de todas sus posesiones por parte de la Corona.

Al igual que san José, Moro fue sobre todo un hombre que escuchaba; y no solo en su relación con sus numerosos amigos y con los pobres que acudían a él en busca de un juicio justo, sino sobre todo en la escucha de la voz de Dios. Si el ángel le mostró a san José en cuatro ocasiones el camino a seguir, del mismo modo Moro supo escuchar y llevar a cabo las sugerencias de Dios, manifestadas en la intimidad de su conciencia, en la que encontraba esa luz que disipa las tinieblas e ilumina los pasos del justo. Como “padre en la obediencia”, fue capaz de anteponer la voluntad de Dios a su propia comodidad, a sus propios planes y deseos, hasta el punto de poner en riesgo su vida y la de sus seres queridos por defender la verdad y la fe.

Fue esa conciencia la que le guió a lo largo de su vida en la elección de su vocación, en su trabajo y en el terreno minado de la política; esa conciencia la que quiso cultivar, preservar y formar en sus hijos a través de una educación completa que abarcaba tanto la esfera intelectual como la espiritual. Lo hizo con cuidado y exigencia, ejerciendo esa autoridad sobre sus hijos que viene de Dios, la prerrogativa de la patria potestad que la sociedad actual combate y envilece cada vez más. Se dedicó a esta misión con “corazón de padre”, como guardián y guía de sus hijos, especialmente de las mujeres que le fueron confiadas, a las que dio un trato revolucionario para la época. Es bien sabido que Moro se dedicó a la educación de sus esposas, a las que inició en la literatura y las artes. Aún más evidente y eficaz fue su compromiso con la educación de sus hijas, que pronto se contaron entre las mujeres más cultas de la época Tudor, capaces de conversar y dialogar con los humanistas de la época en un momento en que la cultura era prerrogativa exclusiva de los hombres. Una actitud que el humanista Juan Luis Vives, uno de los mayores pedagogos y preceptores cristianos del Renacimiento, alabó en su De Institutione Foeminae Christianae (1523), uno de los tratados más importantes sobre la educación de las mujeres en el Renacimiento, dedicado a la reina Catalina de Aragón.

Todo ello sin retener, encarcelar o poseer (cf. Patris corde, n. 7) a sus hijos y sin descuidar nunca lo que consideraba la base de toda educación: la imitación de Cristo y, por tanto, el ejercicio de las virtudes cristianas, inculcadas sobre todo con su experiencia de padre devoto y piadoso, asiduo a la oración y a los sacramentos. Así, como José, puso en práctica el antiguo precepto, expresado en la Shemá y recogido por Jesús, de poner en práctica y enseñar a sus hijos la ley de Dios (Deuteronomio 6,7; Isaías 38,19; Mateo 5,19).

A pesar de sus numerosos compromisos, que a menudo le obligaban a permanecer largos periodos de tiempo en la corte o fuera de la ciudad, Moro nunca descuidó el cuidado de sus hijos por su trabajo, ni su trabajo por sus hijos. De hecho, fue un “padre trabajador” que supo vivir con sumo equilibrio entre su vida pública y su vida privada, entre la vida activa y la contemplativa, sin perder nunca el buen humor que siempre le caracterizó. Trabajador honesto, siempre dedicado a la justicia, supo dar «al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mateo 22,21), interpretando el trabajo como un servicio al bien común y no como un medio para conseguir prestigio, fama y riqueza. Estas cosas no le faltaron durante los largos años en los que la confianza del soberano le llevó a ocupar -primer laico en conseguirlo- el cargo de Lord Canciller de Inglaterra, el más alto y prestigioso del reino.

Pero la historia le tenía reservado un giro inesperado, y Moro optó por renunciar a su cargo para obedecer la voz de la conciencia. Cayó en desgracia por su negativa a firmar las Actas del Parlamento que decretaban la separación de Roma y el reconocimiento de la Corona como única autoridad espiritual, pero no se desesperó. Con sano realismo, fue capaz de tomar las riendas de su familia, animando y consolando a su mujer, a sus hijos y a sus sirvientes, a los que tuvo que despedir con gran pesar al verse obligado a un redimensionamiento económico que vivió con suma confianza en Dios; incluso estaba dispuesto a pedir ayuda a los demás, seguro de que la verdadera vida no viene de la comodidad, las posesiones o el dinero. “Podemos salir con nuestras bolsas y pedir juntos la caridad, cantando la Salve Regina de puerta en puerta y esperando que algún alma buena, compadecida, nos dé una pequeña limosna; así estaremos todos juntos de nuevo, unidos y felices”. De este modo, Tomás Moro demostró su capacidad para poner en práctica la “valentía creativa” con la que san José se enfrentó a las dificultades, los peligros y los imprevistos de la vida, transformando «un problema en una oportunidad, anteponiendo siempre la confianza en la Providencia» (Patris corde, n. 5). Encarcelado en la Torre de Londres, consiguió una libertad interior de la que pocos presos han podido presumir; vivió como un “padre en la sombra”, “descentrándose” para dejar espacio a Dios, en un silencio elocuente y en el don de sí mismo, confiando su destino y el de sus hijos a Dios.

Como san José, Tomás Moro «nos enseña que, en medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca» (Patris corde, n. 2). De hecho, fue en el momento más duro y doloroso de su vida cuando renunció expresamente a todo honor y comodidad para dedicar su vida a Dios, cuya primacía no quiso sustituir por ningún tesoro mundano. Esta es, pues, la enseñanza que el mártir inglés quiso dejar a sus hijos: la primacía de la vida interior, la centralidad de la conciencia como lugar de discernimiento, del encuentro entre el hombre y Dios, y la realización de la voluntad de Dios como única y verdadera “utopía” a la que vale la pena dedicar la propia vida.

Publicado por Miguel Quartero Samperi en l’Osservatore Romano.

Traducido por Verbum Caro para InfoVaticana.

Miguel Quartero Samperi es el autor de Tomás Moro. La luz de la conciencia,
publicado por Homo Legens, Madrid 2020.

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